Un día sales a la calle pisando fuerte con una enorme barriga redonda en su plenitud, fuerte, poderosa, portadora de vida. La gente te mira al pasar, estás embarazada, te sientes grande, generosa, importante, tu autoestima está por las nubes y las miradas a tu alrededor lo confirman.



Una semana después sales a la calle un poco más cansada, ojerosa, con esa barriga blanda que no termina de volver a su lugar. No te preocupa, tienes a tu bebé en brazos y es lo más bonito que te ha podido pasar en la vida. No lo habías imaginado exactamente así pero igualmente está bien, además hoy no hay por qué quejarse, habéis conseguido salir en tiempo récord, menos de dos horas en prepararlo todo está bien, está muy bien. El armario ha sido generoso contigo y has conseguido encontrar un vestido de tu talla que no te sienta del todo mal, de tu talla dices por decir algo porque ya no sabes ni cuál es. La ropa de embarazada que queda enorme y la ropa de antes del embarazo no te termina de entrar. Este vestido es perfecto, si te miras bien en un espejo incluso consigues reconocerte, es posible que ahí dentro estés tú.


Hace un día precioso, sientes cómo el sol ilumina tus mejillas y te hace sonreír, es un cuadro perfecto de una familia perfecta en un día perfecto, lo habéis conseguido, nada ni nadie enturbiará este momento.

Os sentáis en una terraza del parque a tomar un pequeño aperitivo y, sin avisar, porque los bebés hacen estas cosas sin avisar, tu hijo vomita un poco de leche sobre tu hombro ¿Qué piensas hacer ahora?

  1. Te levantas, dejas al pequeño en manos de tu pareja y subes a casa a cambiarte aunque sabes que no será tan fácil encontrar una opción con la que te sientas cómoda.

  2. Te haces la loca y limpias el vómito con una toallita y un poco de colonia, aunque sabes lo mal que olerá pasadas unas horas.

  3. Rompes a llorar sin que nadie te entienda, es la gota que ha llenado el vaso.

En "PAREJA y CRIANZA" hemos identificado este momento del puerperio, se da en muchas más ocasiones de las que podáis imaginar. Para solventar esta necesidad hemos acudido a nuestra experta Sonia Galán, que ha desarrollado su carrera profesional como diseñadora de moda trabajando tanto para diferentes firmas así como creando su propia marca SOONO, pensada especialmente para dar protagonismo al cuerpo sobre los volúmenes del vestido. En su trayectoria incansable hacia el descubrimiento del equilibrio interior y exterior ha desarrollado un método específico para atajar este tipo de situaciones. Con su programa "Mi cuerpo, mi templo" ayuda a muchas mujeres a encontrarse de nuevo a través de los cambios físicos y emocionales que están experimentando. Ha desarrollado un sistema de "looks express" que te ayudan a preparar y combinar tu armario de forma eficiente sin tener que gastar tiempo y emociones en ello, para que puedan invertirlo en otras prioridades.


Además os acompañará en la aventura de organizar vuestro hogar de dos para dar cabida a un nuevo hogar de tres, o cuatro, o los que vengan.


Y en cuanto a la alimentación, tan importante en un momento donde el descanso escasea y necesitamos tener las defensas "a tope", va a ofrecernos una herramienta muy potente para poder organizar los menús saludables sin invertir tiempo ni esfuerzo extra.


Sonia Galán.

Un poco más acerca de Sonia:


"Mi pasión por el arte me llevó a estudiar Diseño de Moda, la cual considero una forma de expresar nuestra creatividad y personalidad.

Mi tozudez por encontrar una manera de estar en el presente de forma equlibrada me ha llevado a indagar diferentes caminos para lograrlo.

Con el lema "Mi cuerpo, mi templo" he explorado diversas modalidades como la nutrición, a través de la cual he aprendido la importancia de querernos y respetarnos. El Qiqong me ha aportado bienestar, armonía y amor. En mi familia y hogar cada día aprendemos a querernos un poquito más y a sentir lo que realmente somos.


En este curso vamos a tratar de encontrar un equilibrio entre la preparación del hogar para el nuevo miembro, la organizativa en las tareas y el bienestar de uno mismo observando, cuidando y queriendo a nuestro cuerpo".

Son las dos de la madrugada, acaba de llegar la calma y volvemos a la cama deseando que las horas de sueño puedan estirarse el resto de la noche.

Hará una par de horas empezaba todo, las niñas y yo dormíamos plácidamente, al menos eso parecía, cuando la mayor se ha despertado vomitando sin más. He escuchado a mi marido pedirme ayuda y me he levantado como un resorte sin saber muy bien lo que ocurría, a estas horas y con niños puede ser cualquier cosa.


He corrido a la habitación y me ha recibido una inmensa marea de vomito por todas partes, cama, baúl, suelo, niña y marido. No había tiempo para explicaciones, nos hemos mirado los tres sabiendo que en cuestión de segundos deberíamos repartir las tareas que se iban a presentar, de ello dependería el éxito y que el tiempo de resolución no se eternizara.



Como si de una prueba de "humor amarillo" se tratase he alargado la mano para alcanzar a nuestra hija en el aire sin que resbalase con el charco que nos separaba, al otro lado su padre, que eficientemente actuaba en la compleja tarea. Conseguimos llevar a la pequeña al baño, sucia por todas partes, llorando y mostrando abiertamente su asco. El mismo asco que intentamos disimular sus padres para no empeorar el momento.


No hay tiempo que perder, hacer una coleta, quitar el pijama sucio y esperar a que el agua de la ducha salga caliente mientras recojo los últimos juguetes que quedaban del baño que hace unas horas se habían dado su hermana y ella.


Compruebo con disgusto que voy a tener que lavarle el pelo de nuevo, lo que supone a estas horas tener que usar el secador y arriesgarnos a despertar a su hermana.


“Me duele la garganta, tengo algo raro ahí dentro”

Pienso en lo mal se siente uno en un momento así y en lo mal que lo pasan los niños al no comprender del todo qué le está ocurriendo. "Me duele la garganta, tengo algo raro ahí dentro" nos dice mientras la seco. Suerte que su padre ha terminado de fregar el suelo, ha cambiado las sábanas y ha puesto una lavadora con todo lo necesario, suerte que puede preparar una manzanilla mientras termino de secar el pelo de nuestra hija.




Nos miramos y sonreímos, no es sólo el amor, es una sensación de triunfo, de haber superado un nuevo obstáculo como equipo, es el saber que en ciertos momentos no hacen falta muchas palabras porque todo está perfectamente sincronizado gracias a la labor de comunicación que hay detrás, en los momentos en que las cosas son fáciles son los mejores para hacer que el engranaje se ponga en marcha, es cuando construimos un equipo capaz de organizarse para superar cualquier adversidad, y así se ha demostrado hoy.



Son las dos y media de la madrugada y nuestra hija duerme plácidamente limpia y seca a nuestro lado, aquí parece que no ha ocurrido nada. Cierro los ojos, puedo dormir tranquila porque me sé parte de un gran equipo, me siento segura y a salvo de casi cualquier contratiempo que pueda deparar el resto de la noche.


Os quiero contar un anécdota bastante absurda, comienza con la renuncia a la que me creí sometida de manera consciente e inconsciente cuando me convertí en madre. Renuncié a dormir, a apuntarme a todas las fiestas que se convocaran a mi alrededor, a regalarme tiempo para el abandono, dejé de leer, de ir al cine, de practicar deporte, de salir, de ser muchas de las cosas que era. Si me preguntas por qué te diré que no lo sé, algo se activó en mi cabeza, algo que me hizo asumir la maternidad como la anulación de mi propio ser para dar más espacio al cuidado del bebé.


Mi marido, en cambio asumió su nuevo papel como algo más natural, sopesó las renuncias y decidió reservar algo de espacio para sí mismo, continuar cultivándose como individuo. Él es actor aficionado y el teatro fue una de las renuncias que decidió no abrazar, continuando así con los ensayos a los que acudía regularmente, como si nada.


Esta situación me hizo reflexionar, me daba rabia verle marchar cada martes al ensayo mientras me quedaba sola en casa. Entendí esta rabia como CELOS o ENVIDIA y decidí poner remedio, racionalizarlo era fácil: Siento que la balanza no se equilibra y voy a equilibrarla buscando una actividad para mí que me haga sentir bien. Así fue como me apunté a clases de natación los viernes por la noche de 21:00 a 22:00.



¡P L A -- N A -- Z O!




El caso es que me costaba mucho salir de casa y separarme de mi hija, decidí nadar porque era bueno para mi cuerpo, para recuperarme, creía que le daría espacio a mi mente escapando unas horas del mundo pañal. Y me sentía muy orgullosa de hacerlo. Sólo fallaba un cosa: a mí nadar no me gusta.


Siendo sincera de planazo no tiene nada ir a nadar los viernes por la noche, especialmente si no te gusta nadar, no tardé en darme cuenta. Bien ya salía de casa en solitario un día a la semana, igual que mi marido, por lo que la envidia no debería seguir amargándome de aquella manera. Pues los martes por la tarde continuaba sintiendo frustración y envidia.


He contado esta historia en muchas ocasiones y recuerdo la cara de uno de mis alumnos preguntándome ¿Por qué ibas a nadar si no te gustaba?, realmente absurdo ¿no?


Todo muy absurdo, un absurdo con nombre de emoción, la que más daño hace, una emoción que se multiplica especialmente en las mujeres y se ceba con la maternidad, una emoción llamada CULPA.


Intento explicarlo mejor, la separación con el bebé dolía por el sentimiento de CULPA, si la actividad que iba a realizar durante mi escapada tenía un aporte beneficioso para mi salud le estaba dando un margen de excusa, si, además no disfrutaba de ella la esa CULPA ya no tenía espacio para atacar ni para doler. Extraño ¿verdad?. Pues queridos míos, tengo el honor de anunciaros que el cerebro humano actúa de esta forma muchas veces y es muy difícil explicar cómo se siente uno si no nos hemos parado a analizar lo que está ocurriendo y por qué está ocurriendo.


Ya tenemos tres emociones en juego: CELOS, ENVIDIA y CULPA.


Tardé más de 4 meses en darme cuenta, yo no quería nadar, yo quería ir a bailar con mis amigas y esta actividad me haría ausentarme de casa el mismo tiempo que el que me llevaba preparar la bolsa de natación, ir a la piscina, nadar una hora, ducharme, vestirme y volver. Hablando claro, pasé 4 meses haciendo el imbécil por no querer o no poder reconocer estas emociones.


Errar es de sabios y reconocerlo de valientes, así que humildemente me pedí perdón, descolgué el teléfono he hice dos llamadas:


Una a la piscina municipal, notificando mi baja en la actividad de natación.

Otra a una de mis mejores amigas: ¿Tienes un hueco el viernes para salir a bailar?



Y cediendo espacio para mí, para disfrutar de verdad comprendí lo necesario que es cuidar del bienestar de todos los miembros de la familia, sin olvidar cuidar la parcela de cada uno. No he vuelto a sentir rabia, envidia o celos, pues sencillamente, la balanza se ha equilibrado.