RECONOCER Y EQUILIBRAR


Os quiero contar un anécdota bastante absurda, comienza con la renuncia a la que me creí sometida de manera consciente e inconsciente cuando me convertí en madre. Renuncié a dormir, a apuntarme a todas las fiestas que se convocaran a mi alrededor, a regalarme tiempo para el abandono, dejé de leer, de ir al cine, de practicar deporte, de salir, de ser muchas de las cosas que era. Si me preguntas por qué te diré que no lo sé, algo se activó en mi cabeza, algo que me hizo asumir la maternidad como la anulación de mi propio ser para dar más espacio al cuidado del bebé.


Mi marido, en cambio asumió su nuevo papel como algo más natural, sopesó las renuncias y decidió reservar algo de espacio para sí mismo, continuar cultivándose como individuo. Él es actor aficionado y el teatro fue una de las renuncias que decidió no abrazar, continuando así con los ensayos a los que acudía regularmente, como si nada.


Esta situación me hizo reflexionar, me daba rabia verle marchar cada martes al ensayo mientras me quedaba sola en casa. Entendí esta rabia como CELOS o ENVIDIA y decidí poner remedio, racionalizarlo era fácil: Siento que la balanza no se equilibra y voy a equilibrarla buscando una actividad para mí que me haga sentir bien. Así fue como me apunté a clases de natación los viernes por la noche de 21:00 a 22:00.



¡P L A -- N A -- Z O!




El caso es que me costaba mucho salir de casa y separarme de mi hija, decidí nadar porque era bueno para mi cuerpo, para recuperarme, creía que le daría espacio a mi mente escapando unas horas del mundo pañal. Y me sentía muy orgullosa de hacerlo. Sólo fallaba un cosa: a mí nadar no me gusta.


Siendo sincera de planazo no tiene nada ir a nadar los viernes por la noche, especialmente si no te gusta nadar, no tardé en darme cuenta. Bien ya salía de casa en solitario un día a la semana, igual que mi marido, por lo que la envidia no debería seguir amargándome de aquella manera. Pues los martes por la tarde continuaba sintiendo frustración y envidia.


He contado esta historia en muchas ocasiones y recuerdo la cara de uno de mis alumnos preguntándome ¿Por qué ibas a nadar si no te gustaba?, realmente absurdo ¿no?


Todo muy absurdo, un absurdo con nombre de emoción, la que más daño hace, una emoción que se multiplica especialmente en las mujeres y se ceba con la maternidad, una emoción llamada CULPA.


Intento explicarlo mejor, la separación con el bebé dolía por el sentimiento de CULPA, si la actividad que iba a realizar durante mi escapada tenía un aporte beneficioso para mi salud le estaba dando un margen de excusa, si, además no disfrutaba de ella la esa CULPA ya no tenía espacio para atacar ni para doler. Extraño ¿verdad?. Pues queridos míos, tengo el honor de anunciaros que el cerebro humano actúa de esta forma muchas veces y es muy difícil explicar cómo se siente uno si no nos hemos parado a analizar lo que está ocurriendo y por qué está ocurriendo.


Ya tenemos tres emociones en juego: CELOS, ENVIDIA y CULPA.


Tardé más de 4 meses en darme cuenta, yo no quería nadar, yo quería ir a bailar con mis amigas y esta actividad me haría ausentarme de casa el mismo tiempo que el que me llevaba preparar la bolsa de natación, ir a la piscina, nadar una hora, ducharme, vestirme y volver. Hablando claro, pasé 4 meses haciendo el imbécil por no querer o no poder reconocer estas emociones.


Errar es de sabios y reconocerlo de valientes, así que humildemente me pedí perdón, descolgué el teléfono he hice dos llamadas:


Una a la piscina municipal, notificando mi baja en la actividad de natación.

Otra a una de mis mejores amigas: ¿Tienes un hueco el viernes para salir a bailar?



Y cediendo espacio para mí, para disfrutar de verdad comprendí lo necesario que es cuidar del bienestar de todos los miembros de la familia, sin olvidar cuidar la parcela de cada uno. No he vuelto a sentir rabia, envidia o celos, pues sencillamente, la balanza se ha equilibrado.