UNA CARRERA DIARIA

Esta historia la escribió mi yo de hace 3 años, pero podría haber sido escrita por cualquier padre o madre de los que conozco.



Miro de reojo el reloj, quedan dos minutos para terminar mi jornada laboral, tan sólo dos minutos para empezar a correr como todos los días. Acabo de recordar que anoche hice pereza (otra vez) y no preparé el tupper de hoy, ya ha llegado la hora, no quiero irme sin terminar lo que estoy haciendo, escribo en un papel el punto en el que dejo mi trabajo para recordar mañana por dónde voy, esto me lleva cinco minutos, listo, termino, recojo mis cosas y corro a la salida.

“FICHAJE SALIDA: 15:39” ¡Mierda! otro día que no me da tiempo a comer, tenía que haber preparado el tupper anoche, soy una experta en pedir algo y engullir en el comedor autoservicio de mi empresa cuando tengo al menos doce minutos, pero hoy he gastado cinco, me quedan siete minutos y no son suficientes.

Da igual, ya compartiré merienda con las niñas esta tarde, ahora corro al coche, salgo rumbo a la Escuela de Educación Infantil para recoger a mi hija pequeña a tiempo. En el trayecto hago la llamada que dejé a medias la noche anterior porque tenía que acostar a las niñas. Se trata de una llamada a una de mis mejores amigas, simplemente necesita hablar conmigo y la tuve al teléfono entrecortada entre un 'mamá, hoy quiero el pijama rosa' y un 'mamá, ayúdame a lavarme los dientes para que no venga la señora caries'. Suenan los tonos de llamada en el manos libres del coche mientras hago un repaso mental de los alimentos que tengo en la nevera para organizar la cena de hoy. Cinco, seis tonos …

-¿Sí?

- Hola Sonia, soy yo ¿cómo te pillo?

- Bien, bien, aquí con el peque en brazos que acaba de dormirse, espera que lo acueste y te llamo.

- No, mejor te llamo yo que acabo de llegar a la 'guarde' y tengo que recoger a la peque, en cuanto subamos al coche te llamo de nuevo.



Corro por los pasillos, vuelvo a ser la última madre en llegar y me invade la culpa. Beso, abrazo que vale millones y saludo a la profesora, me da el parte del día y me despido rápido, tenemos que ir volando al 'cole de mayores', todavía me queda una hija por recoger. Salimos a ritmo de niña de 2 años.

- Sube al coche venga.

- Mamá tengo hambre.

- Luego te compro algo de merienda pero ahora sube al coche que llegamos tarde a por tu hermana.

Silla infantil, cinturones de seguridad, arranco el coche y cruzo los dedos para no encontrar atasco. Por suerte el trayecto está despejado y llegamos a tiempo, con ‘a tiempo’ quiero decir esto mismo, justo a la hora de salida del colegio sin tiempo para buscar aparcamiento, un día más dejo el coche en un ‘prohibido aparcar’ (no molesta, ¿vale? Pero está prohibido). La pequeña no quiere andar más rápido así que la cargo en brazos pese a mi dolor de espalda, no tengo tiempo para negociaciones, mañana volvemos a usar el carrito, pero hoy toca carrera al colegio con niña de 15 kg en brazos.

-Vaaaamos chicas que tengo el coche mal aparcado y tenemos que irnos.

-Pero mamá, nunca nos dejas quedarnos un rato a jugar con mis amigas.

-No hay rato que valga, lo que nos jugamos es una multa de las gordas’

¿En serio he dicho yo eso? pienso para mis adentros con cara de alucinada.

La culpa vuelve a invadirme, pero bueno, el tema de la culpa ya lo comentaré extensamente en otro post (que ahora no tengo tiempo).

Por fin llegamos al coche, ya estamos todas y no nos han puesto ninguna multa. Respiro y pienso '¡Mierda de nuevo!' olvidé devolverle la llamada a Sonia (culpa otra vez), la llamo pero ahora es ella la que no puede hablar, a ver si más tarde tenemos suerte, a la fuerza hemos aprendido a posponer nuestras conversaciones.

Rumbo a casa las niñas cantan y ríen en la parte de atrás del coche, yo también sonrío, son felices y yo siento que no hace falta nada más en el mundo, me siento extremadamente feliz. Llamamos a "Papá" con el manos libres, ha podido organizar la tarde y viene con nosotras a hacer compra para la cena, aprovechamos y compramos algo de fruta y unos zumos para la merienda, yuhuuu, esta es su merienda pero será mi comida, acabo de recordar que no he probado bocado desde el desayuno. Nos organizamos, uno de los dos se queda en el parque un rato más con las niñas, el otro sube a casa a preparar la cena.

Miro el reloj de nuevo, son las 18:30, hora de volver a casa, toca baños, cena, pronto pero los cuatro juntos, en cuanto cenamos nos lavamos los dientes y hacemos pis "rapidito si queréis que os lea unos cuentos antes de dormir". Debemos acostar a las niñas pronto si no queremos sufrir mañana para despertarlas, este horario de madrugones no está pensado para niños tan pequeños…


Suena el teléfono, son las 20:37, es Sonia, pero no lo cojo, estamos en la ‘hora del cuento’ y ahora no voy a poder retomar esa conversación por fascículos en la que estamos enfrascadas.

Tendremos que posponer un poco más, seguro que mañana encontramos el momento.

El sol se esconde, cerramos la persiana y leemos un último cuento bajo la luz de una linterna, con sus 2 y 4 años me cuentan a modo de confesión cómo les ha ido el día y yo hago lo propio con ellas. Escucho a mi marido teclear en el ordenador redactando los últimos informes que no ha podido hacer por la tarde mientras asumió sus tareas paternales. Me acurruco junto a ellas mientras terminan de conciliar el sueño y cierro los ojos, es mi momento de relax, uno de los mejores del día. Mientras pienso en lo mucho que cuesta conciliar cada día. Conciliar vida laboral, familiar, personal y de pareja. A veces olvidamos este último punto, puede que al final del día todavía quede algo de fuerza para compartir un rato los dos, ver una serie o simplemente hablar de nuestras cosas, de nuestros sueños, de nuestras renuncias.

Pienso en la suerte que tenemos y en lo mucho a lo que hemos renunciado por ello.

En mi caso, reducción de jornada laboral con la consiguiente reducción salarial y reconocimiento en la empresa.

En el caso de mi marido la reducción de jornada no le funcionó tan bien como a mí así que decidimos apostar por la aventura del emprendimiento, lo que supone un riesgo, mayor inestabilidad laboral y salarial, incremento de horas de trabajo pero una gran oportunidad para la auto-organización, la ilusión y por supuesto una gran oportunidad para la familia y el camino de la conciliación.

Enfrascada en estos pensamientos me quedo dormida, cuando abro los ojos apenas tengo fuerzas para reptar hacia mi cama ¿hago un esfuerzo y voy un rato al salón? esto es planteable, lo que ni se me pasa por la cabeza esta noche es ir a la cocina a prepararme el tupper del día siguiente, creo que volveré a tentar a la suerte, a ver si puedo arañar un poco de tiempo para pisar el comedor de empresa al menos 12 minutos, con esto bastará para comer algo antes de empezar una nueva carrera.